
Desde el momento en el que salimos del útero y nos acoplamos a nuestra madre estamos arrojados al mundo desnudos en piel pero no en condicionamientos. La primera persona que marcará su influencia sobre nosotros será nuestra madre, las enfermeras, la familia, etc. Nos introducen en un hogar con sus reglas y su idiosincrasia, en una familia con una historia y unos patrones de comportamiento. En una guardería o un colegio y sufriremos con mayor o menor conciencia lo que significa estar sometido al Otro.
Todos los niños son en un principio de la Mano Izquierda. Cuando preguntan a sus padres por qué deben hacer algo impuesto y los padres dicen, “porque yo lo digo”, no cabe en la mente del niño hacer algo que realmente ni desea ni entiende.
Es el primer acto de querer entender el mundo sin someterse a unas leyes dictadas sin explicación ni razonamiento alguno. Muchos padres creen que un niño no puede comprender dicha explicación, que lo mejor es imponer el porque sí. Así es más fácil porque el niño se callará y obedecerá. No se dan cuenta de que están ayudando a forjar un rebelde. Del mismo modo actúan las religiones y los estados políticos. Imponen sus normas, unas muy loables que evitan que nos matemos unos a otros, pero otras no tan benévolas a la hora del desarrollo del espíritu humano. Y es ahí donde el Sendero de la Mano Izquierda se erige para orientar a todo aquel que quiere evolucionar frente a una masa social que mutila su intelecto y creatividad.
Cuando eres pequeño te rebelas porque no entiendes por qué tienes que ir al colegio si no quieres, sientes tu libertad natural violada. Y ahí nace la cucaracha de Kafka, todos los días el mismo proceso en el mismo lugar. Que sí que sí, que hay que aprender a leer y esas cosas pero vaya sistema de mierda de preparación y acondicionamiento para la vida adulta. Pasamos de las aulas a las oficinas, muchas veces para trabajar para alguien que no admiramos y que lo único que quiere es explotarnos y erigirse además como salvador.
Cuando era pequeña tenía una gran capacidad de análisis y de abstracción. Buscaba los por qués que me habían sido negados, el conocimiento secreto de todo lo que me rodeaba.
Me preguntaba qué era la realidad, eso que creo ver y sentir. Esa película virtual en la que participo sin haber solicitado la entrada, al menos yo no lo recuerdo…
El edificio, el barrio, el cielo, el planeta, dejaban de existir y yo me convertía en una conciencia flotante que no entendía nada y que sentía que ante ese horror del vacío lo único que podía hacer era repetir lo que todos los días y los demás humanos hacían: ir al colegio y comportarme de manera “normal”.
Tenía que fingir, la vida era una obra de teatro y yo me había dado cuenta de que éramos las marionetas en un bonito escenario, otras veces no tanto.
Nada satisfacía mi búsqueda, solo aquella visión de una vida que llamaba a Dios y clamaba su ayuda. Ya fuera el Sol ya fuera el dios de los cristianos. Aún así, la Iglesia no me convencía. ¿Un señor mayor que preguntaba a los niños por sus pecados? Más bien tendría que ser al revés…
Obligada a hacer la comunión por un padre que buscaba su interés económico juré en falso en el altar cruzando los dedos, las piernas y todo miembro de mi cuerpo que pudiera doblar.
No entendía aquel ritual, aquella imposición, aquel teatro.
La adolescencia llegó y con ella el impulso de descubrir mi propia espiritualidad. Y así fue como conocí a Lucifer, gracias a un viejo diccionario de Ciencias Ocultas que aún conservo con mucho cariño como un gran tesoro.
Aquella definición del Ángel que se rebeló por el Conocimiento llenó mi corazón y me dió fuerzas y esperanzas en una etapa difícil en la que cada mañana invocaría en secreto a mi nuevo padre espiritual para enfrentar las pruebas del día a día.
